Todas las decisiones tienen consecuencias. Las buenas decisiones tienen buenos resultados, las malas obviamente todo lo contrario, por eso, los responsables de tomarlas, deben tener siempre la lucidez para poder discernir entre lo bueno y lo malo, sino, todo queda ligado al azar.

Da la impresión de que el azar siempre fue el que tuvo las riendas de las decisiones que se tomaron en San Martín en los últimos meses, o peor aún, tras las malas decisiones, se terminó por recurrir a este para que el destino sea otro, pero lo inevitable, de alguna u otra manera siempre llega.

Los dirigentes, y cuando nos referimos a ellos hablamos de los que tomaron las decisiones importantes, nunca reconocieron esto, y ahí está una de las primeras explicaciones del fracaso. Siempre hay tiempo de torcer el rumbo en un camino, salvo cuando ese tiempo hace que el final esté más cerca y sea inevitable. Conociendo esto surge la pregunta ¿Porqué no se cambia antes? Simplemente por una palabra que también los describe: soberbia.

Justamente esta es otra explicación del papelón. Creer que se sabe, no es lo mismo a saber. Dicen que los sabios escuchan más de lo que hablan, y lamentablemente en San Martín, este axioma se hizo realidad.

Escuchamos durante meses cantidades de palabras soberbias. “Nosotros sabemos, por eso estamos al frente”. “Estos jugadores los elegí yo, por esos son buenos”. “El entrenador tiene toda la confianza para que haga el equipo a su medida”. “A los jugadores los vimos antes, por eso los trajimos”. “Este plantel es el mejor de la categoría”. “En esta categoría ninguno nos va pedir más de $25.000”. “No vamos a negociar con representantes, yo negocio con el jugador”… y otras tantas barbaridades más.

La ceguera de los que al frente del club tuvieron la responsabilidad de elegir, hizo que no puedan ver como una tras otra las decisiones que se tomaban, llevaban indefectiblemente a este penoso presente, y peor aún, cuando la realidad a los gritos les decía que las cosas estaban mal, ellos públicamente siguieron defendiendo sus errores, con palabras aún más soberbias.

Si a esto le sumamos, que las decisiones se tomaron desde Brasil, cuando algunos de ellos desde el Mundial se jactaban de haber corrido a Augusto Max, de haber dejado ir al “Ratón” Ibáñez, y de por teléfono decirle no a Balvorín y a Franco Sosa (jugadores que hoy lograron clasificar a Juventud Antoniana). El final era predecible.

El desequilibrio siempre tiene sus consecuencias, y cuando uno no se hace cargo de estas, queda claro que algo no está bien. Si no se reconoce el entorno y con delirios propios del mal funcionamiento de la razón se distorsiona la realidad, es peligroso. Si alrededor no se advierte esto y no se trata de corregir, también es peligroso. Si la obsecuencia y el miedo son integrantes de este cóctel, ya es demasiado peligroso, y por último, si la razón, el orden y el respeto son derrotados por la ira y la vehemencia, la explosión es inevitable.

Nada es por casualidad. Menos, cuando hay decisiones que se deben tomar a conciencia. Los responsables tienen la obligación de reconocer esto, de asumir la derrota y de tomar las medidas para que no vuelva a suceder. Pero no solo la derrota es la que no debe suceder, lo que no debe volver a pasar es transitar este mismo camino que ya fue catastrófico. Las medidas que sean necesarias, deberán ser tomadas rápidamente, afecte a quien afecte, porque como dijeron siempre los dirigentes, ante que los nombres, está la institución, a ella y a su prestigio se deben rendir.

Es verdad que estas palabras están escritas con el diario del lunes como se dice. Es verdad también que están escritas con la bronca y la impotencia de ser observador pasivo de este papelón. Pero es indiscutible, que el análisis es necesario después del mismo, y tratar de encontrar las causas no es hacer leña del árbol caído, es simplemente tratar de entender el porqué de algunas cosas, y plantearlas para que de ellas se tome conciencia, y así evitar caer otra vez en este penoso fracaso.

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