MC en Santiago

   enviados especiales

Era “EL” partido para San Martín, la oportunidad perfecta para lograr sacar los fantasmas más oscuros de las cabezas de todos. Sin embargo, la realidad otra vez se manifestó de manera impiadosa, y el empate en Santiago dejó al equipo otra vez a merced de un avatar del destino.

El encuentro fue casi una constante. Mitre, a diferencia del Santo, sabía que tenía dos resultados a favor, el empate y la victoria. El albirrojo sólo necesitaba ganar para depender de sí mismo en la última fecha. En eso el equipo de Carlos Roldán fue más inteligente, manejó los tiempos y cada vez que pudo intentó lastimar al Santo.

Por su parte, los dirigidos por Juan José López, sabiendo que la victoria era el único camino posible, se volcaron al ataque, trataron de hacer el mayor daño posible, pero se encontraron otra vez con las mismas limitaciones: pases apresurados, centros sin destinos y falencias en la definición.

En el primer tiempo, San Martín tuvo apenas una situación clara, que fue obra de Albano Becica, el único jugador que puede generar algo distinto en el equipo, y el palo le dijo que no era el momento de pensar en la clasificación. Luego fue el local, con Gonzalo Parisi, quien tuvo más chances de quebrar la paridad.

En el complemento, el entrenador Santo tomó nota de que el empate no servía y puso más gente en el ataque: entró Gonzalo Rodríguez primero, que llevó vértigo y velocidad por derecha, pero en el área se seguía fallando. Y luego entró Lucas Chacana para hacer lo mismo por el otro sector. Cuatro delanteros en ataque y la ecuación seguía dando cero.

Ante esto, los santiagueños mucho más cómodos con el resultado, se animaron a presionar más y en dos oportunidades pusieron en jaque a un San Martín volcado totalmente al ataque, pero descompensado atrás, algo completamente lógico para los minutos finales del partido.

La desesperación en San Martín fue contraproducente. Los delanteros erráticos pateaban al arco y, salvo una de Maximiliano Velasco que de lejos sorprendió a Martín Góngora, el resto fueron todos remates apresurados, sin divisar opciones, fruto de la búsqueda obstinada por quebrar el cero a cualquier precio.

En definitiva, otra vez quedó en claro que la presión en San Martín es un tema de importancia casi hegemónica. El equipo no logra serenarse y en la búsqueda del todo por el todo, siempre termina errando los caminos.

Lo positivo esta vez fue la eficiencia en la zona caliente de la defensa, donde ningún error grosero, que al menos el árbitro haya captado, sentenció de muerte al equipo de “Jota Jota”, y el empate terminó siendo un bálsamo amargo, pero bálsamo al fin. Ahora todo se define el domingo. Pero el Santo ya no depende de sí mismo. Está contra las cuerdas, pero le queda una vida y no todo está perdido.

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